domingo, 20 de julio de 2014

sciuscià llega a españa



El limpiabotas se estrena en España con seis años de retraso, en la primavera de 1952, al amparo de Milagro en Milán y a rebufo del éxito obtenido por el tándem De Sica / Zavattini en las Semanas de Cine que desde 1951 el Istituto Italiano organiza en Madrid y que permite al público más inquieto enterarse de lo que se cuece allende los Pirineos. 

Los recensionistas españoles atribuyen entonces la crudeza de El limpiabotas a un naturalismo de corte zoliano totalmente trasnochado.

La censura se ha mostrado reticente a autorizar el estreno pero sucumbe ante la presión de la distribuidora, que aporta un escrito favorable del Centro Cattolico Cinematografico italiano y un informe de la Dirección General de Prisiones en el que se afirma que no existe “inconveniente alguno desde el punto de vista penitenciario, que impida la exhibición de la película en nuestra Patria”. El expediente censorial se adentra en el surrealismo –que uno de los informantes confunde con el neorrealismo– al proponer que se coloque una cartela al principio que advierta a los espectadores que los hechos “tienen lugar en la Italia de la posguerra, en momentos en que la política comunista imperante había socavado y envilecido las instituciones sociales, haciéndoles perder su eficacia y finalidad”. La sugerencia se complementa con la indicación de que la leyenda debe ser también leída de viva voz para garantizar su comprensión por “las personas analfabetas que presenciaran la proyección”.

Finalmente, se desestima la propuesta del censor y se autoriza el estreno con algunos cortes en la escena de los niños en la ducha. Con mucha menos gravedad, El limpiabotas será objeto de una dura crítica en las páginas de un medio tan aparentemente trivializante como La Codorniz y de la mano de un crítico tan imprevisto como Mingote, que se muestra irónico hasta el sarcasmo. El caballo sale poco porque está demasiado limpio para ser neorrealista, en el reformatorio hay piojos neorrealistas y la madre del niño tuberculoso se dedica en Nápoles “a inconfesables actividades neorrealistas”. Pero el final va más allá de la dosis de neorrealismo que Mingote está dispuesto a soportar: “estamos seguros de que cuando el público esté suficientemente preparado, Vittorio de Sica no tendrá ningún obstáculo para hacer películas aún mejores que ésta. Ocasión que aprovecharemos para marcharnos al campo a comer tortilla de patatas, en lugar de ir al cine donde se pasa tan neorrealmente mal”.

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